A propósito de una columna escrita por Quim Monzó, en La Vanguardia, acerca de los Usos de los libros hice un repaso mental de los libros comparados y aún no leídos. En el artículo se expone que un alto porcentaje de los compradores de libros los adquieren para exhibirlos frente a sus amistades sin llegar nunca a leerlos, acción motivada por un arribismo y por la moda del minuto. A diferencia de las razones expuestas en la columna, yo suelo comprarlos por interés, curiosidad o arrebato, sin embargo, a la hora de leerlos muchos han visto frustado su fin último, siendo condenados a un sector de la biblioteca especialmente reservado para ellos. Ahora, que alguien los compre siguiendo la moda me trae sin cuidado. En un país (Chile) donde a la gente no le interesa leer y además los libros son caros, bienaventurados sean los que devoran el Código Da Vinci o cualquier libro de Pilar Sordo.
Todos hemos comprado por moda. Algunos, aparentemente la mayoría, de acuerdo a lo que dicen los medios masivos. Otros, en tanto, por simples recomendaciones de los círculos sociales en los que se desenvuelven, desarrollado intereses en común y sentido de pertenencia ¿Acaso esta no es la moda que rige a un grupo particular? Lo condenable, en todo caso, es el enjambre de consumidores (de libros, de moda, de tecnología, de cualquier cosa) que se mueven y responden conjuntamete a los mensajes de los medios.
Me gusta saber que tengo libros por leer. Los miro y los hojeo. Leo fragmentos, los subrayo, pero no los cambio del lugar que reservé para ellos. Libros como Todo cuenta; La niña del pelo raro; Arqueros, ilusionistas y delanteros; Los altísimos; Los que susurran; La invención de la crónica o Habermans y la modernidad, llevan meses o años esperando su turno. Generalmente la culpa la tiene otro libro que se posiciona sobre la lista de pendientes o que irrumpe en las lecturas actuales. En otras ocasiones uno reserva la lectura de un ejemplar para un momento determinado, como las vacaciones o los fines de semana, debido a la espesura del tema.
Por el contrario, hay libros que se adueñan del espacio y del tiempo. No sólo sen han interpuesto entre los que se están leyendo, si no que además su lectura se transforma en un estado de necesidad básica que se satisface de un tirón. Últimamente esto me ha ocurrido con Kanikosen, el pesquero; Sin destino; Sólo un asesinato; Camanchaca; Autobografía por Encargo de Huneeus; Ese modo que colma; Vida de Santos; No leer; Una luna; Geografía de lo inútil; Cuentos Completos de Fogwill.
En todo caso, no está mal que existan lecturas pendientes. Hay libros que parecen haber nacido para leerse y perderse en la memoria de un sólo bocado, sin dejarnos nada que saborear. Hay otros, en cambio, que esperan pacientes. Silenciosos. Dispuestos a compartir su contenido sin resentimiento, sin echarnos culpas en cara, como cuando llegó el turno de Excesos de Wacquez.
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